En 2006 Celtic Frost publicaba Monotheist, que se convertiría en el último álbum de su carrera al abandonar la formación suiza, dos años después, Tom Gabriel Fisher, alegando conflictos personales. Posteriormente, de forma conjunta con Martin Eric Ain (bajo y voces), anunciaron que la pionera banda en mezclar estilos como el doom, el black, el death y el thrash en un entorno de tenebrosa oscuridad, dejaba de existir definitivamente. En el aire quedaron ciertas composiciones en las que estaba trabajando Tom para un supuesto nuevo álbum de Celtic Frost.

Crítica de Locky Perez de Musicopolis

 

 

Al poco tiempo, Gabriel anunciaba un nuevo proyecto denominado Triptykon, que incluía a la bajista Vanja Slajh (amiga cercana con la que ya había colaborado anteriormente), al batería de los propios Celtic Frost durante el periodo de 1985 a 1988, Reed St. Mark, quien abandonó su puesto tiempo después para ser sustituido por Norman Lonhard y, al guitarrista V Santura, que ya colaborara con Celtic Frost como apoyo en sus directos durante su último año de existencia.

De esta forma, llegamos al 2009 con Tom Gabriel anunciando el debut de Triptykon para 2010 en una línea lo más cercana posible al último legado de su anterior banda, es decir una continuación de Monotheist.

Y no le falta razón el líder y principal compositor de Triptykon. Los seguidores de siempre del músico deberán reconocer que Eparistera Daimones no se aleja demasiado de los esquemas identificativos de Celtic Frost.

Si algo destaca especialmente, es la magnífica producción que muestra el disco, a cargo de los propios Fischer y Santura, que realza las guitarras de una manera formidable para establecer una sonoridad sobrecogedora que exhibe un magnetismo diabólico aterrador, como podemos comprobar desde el arrollador inicio con “Goetia” y su desequilibrante dinámica de riffs mastodónticos apoyados por una concisa y compacta batería, además de la desgarradora vocalización que aporta el toque definitivo o, en “Abyss Within My Soul”, con su densa atmósfera de marcado y angustioso ritmo.

Dos ejemplos que indican las pautas del resto de composiciones, todas enmarcadas en un entorno agobiante donde, repito, las guitarras muestran un sonido impactante y demoledor, tanto por su musculosa constitución como por la calidad técnica que atesoran, como podemos descubrir también en las maliciosamente vibrantes “A Thousand Lies” y “Descendant”.

El álbum solo admite algún respiro hacia el final, en la segunda parte de “Miopic Empire” cuando, entre los elementos abruptos, se cuela un lapsus de suave voz femenina acompañada de notas de piano o, en “My Pain”, una especie de interludio intimista también con presencia de voz femenina.

Crítica de Locky Perez de Musicopolis

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