Que la burbuja de los festivales de música iba a estallar tarde o temprano era algo de lo que creo todos éramos más que conscientes. Sobreoferta, pésima gestión de marca y comercial, avariciosos por doquier, políticas impositivas que aprietan y ahogan y la gran diversificación de la escena musical actual son causas que por sí solas ya podrían haber destrozado el ecosistema de conciertos, pero todas unidas han adquirido el acertado calificativo de tormenta perfecta.

Por supuesto existe en otros muchos países de nuestro entorno algunas de las causas expuestas, pero también hay que reconocer que en ninguno de ellos promotores, políticos y miembros de la industria son tan ineptos, ladrones o borregos, pudiendo ser estos tres últimos epítetos intercambiables si queréis.

El caso es que tras la avalancha de rumores, cancelaciones y casi-cancelaciones, el que antes era el paraíso del festivalero se ha convertido en un terreno baldío, tal y como ha pasado con otras áreas que no creo que sea necesario repetiros. El último ejemplo es el archiconocido Sonisphere, festival que ha decidido no parar por la piel de toro vistas las pocas posibilidades de obtener rentabilidad en nuestro país, cuestión que se puede achacar tanto a la sempiterna subida del IVA sumada a la crisis canibal que sufrimos como al conservadurismo en prácticas, organización y selección del cartel del citado festival.

El caso es que el público de Madrid y Barcelona se va a quedar sin ver, permitidme la ironía, por enésima vez a los dioses del Metal Iron Maiden y Metallica.

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