Llego antes de lo previsto, entro al bar de enfrente y está lleno de melenudos con camisetas de rock, pido un tercio y la señora del bar me dice muy apenada que se han acabado. En la puerta, una chica pide invitaciones con un cartel muy vistoso y con el estilo de una autoestopista americana, un chico muy majo reparte flyers para los próximos conciertos. ¡Bien! –pienso–, esto promete.

Dentro del Price somos recibidos por una chica que, como si se tratara de una antigua acomodadora de cine, nos indica dónde están nuestros asientos advirtiendonos: “ya sabéis, por favor, no se pueden hacer fotos, guarden los móviles al inicio del concierto”. Cuadrillas enteras de antiguos melenudos a los que ahora se les ve el cogote, señoras sentadas al lado de adolescentes que, a su vez, lucen camisetas de portadas de discos Extremo publicados antes de hubieran nacido, esto es “para todos los públicos”.

Y, así, sin darnos cuenta, se abre el telón y empiezan a sonar las primeras notas de “Hoy al mundo renuncio” con una banda abierta en abanico, estática y al fondo del escenario, luces íntimas y una parte frontal dedicada a los solos del imprescindible violín de Carlitos Pérez y David Lerman que, ya fuera con su bajo, su saxo, clarinete o simplemente animando al personal se hizo con buena parte del frontal del escenario.

“El cielo cambió de forma”, “Querré lo prohibido” y haciendo alusión a la cada vez más mermada libertad de expresión, Robe entró a conciencia con su “Nana cruel” y nos rajó en canal para luego rematarnos con “Guerrero”.

Agradecidos de contar con una breve pausa para el deleite de los pequeños vicios del personal, volvemos y nos encontramos ya a un Robe en pie y eléctrico, ocupando la parte delantera y central de un escenario ahora iluminado. Suenan los primeros acordes y ese guiño a “Extremaydura” con el que da inicio a “Cartas desde Gaia” hace que los culos se despeguen de los asientos y el público se ponga en pie. ¡Bien lo merece la ocasión!

La parte eléctrica sigue subiendo con temas como “De manera urgente”, “Bienvenidos al temporal”, -linterna que alumbra a algún antisistema que coge el móvil- o “Por encima del bien y del mal”. Cada vez cuesta más mantenerse sentado en aquellas butacas, mientras Robe sigue a lo suyo, con su particular manera de hacernos alucinar como si allí nada pasara.

Conscientes de que aquello se acaba y como colofón final, “Si te vas” se entremezcla con “Un suspiro acompasado” y el teatro entero se derrumba.

Casi sin darnos tiempo a recuperarnos, las luces se encienden, el público aplaude, ellos se despiden, se felicitan unos a otros, se saludan, saludan al público, se vuelven a despedir, y el público sigue aplaudiendo hasta que uno a uno se va marchando y el escenario se queda completamente vacío. Se cierra el telón y vuelvo a casa emocionada, flipando con la jodida demostración de rock que acabo de vivir. Porque eso es lo que hace el rock: entra a rebuscar en lo más hondo, guarro, sensible y profundo y nos destroza y nos mueve a la vez. Si algo no le falta al rock es alma y de eso el Robe va sobrao.

Crónica de Laura Morillo de Maneras de Vivir

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